No; no hay excusa

marzo 17, 2012


En Portugal tienen huelga general convocada para el 22 de marzo. Los motivos: en esencia, los mismos que para hacerla aquí en España el 29. Supongo que os habréis enterado perfectamente, dada la amplia cobertura mediática que… Oh, esperad un momento.


(Cualquiera que suponga que los medios no están informando mucho al respecto, no vaya a ser que mirando a los vecinos sigamos malos ejemplos, es un paranoico y un malpensado. Lo que no quita que tendrá razón.)


El caso es que alguien ha hecho allá unas animaciones cojonudas que resumen perfectamente el mensaje, y como no pueden ser más aplicables ni hechas aposta, las comparto aquí. En la tradu cambio la fecha del 22 al 29, que es lo que nos toca.



Texto:

Ellos saben que solos somos más débiles. Por eso intentan dividirnos.

Nuestra respuesta es luchar. ¡Únete a nosotros!

Organízate y resiste. 29 de marzo, huelga general.



Texto:

¿Hasta cuándo te vas a quedar parado? ¡La unión hace la fuerza!

Nuestra respuesta es luchar. ¡Únete a nosotros!

Organízate y resiste. 29 de marzo, huelga general.



Texto:

Te quitan el trabajo, te arrojan al paro y quieren que emigres.

Nuestra respuesta es luchar. ¡Únete a nosotros!

Organízate y resiste. 29 de marzo, huelga general.



A ver si vamos captando la idea, que ya no se trata de poner las barbas a remojar: ya nos están esquilando en seco. Y seguirán mientras los dejemos.


G

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Situando la cuestión

febrero 25, 2012


En los años setenta, estos eran peligrosos:



En los ochenta, estos eran peligrosos:



En los noventa, estos eran peligrosos:



Y ya pasado el 2000, estos son peligrosos:



Y digo yo… ¿No será que los peligrosos son los humanos gilipollas que se creen que un perro es un complemento de moda?


En serio: debería ser obligatorio pasar un examen de aptitud para que te dejen tener uno…


G


Ochenta días de mayo

agosto 5, 2011


Busca las 10.000 pequeñas diferencias:




De la primera imagen a la segunda han pasado ochenta días: los que van del 15 de mayo y la gente saliendo a protestar por la situación y pedir un cambio, al 4 de agosto y la declaración indisimulada, con palabras y con hechos, de que la Constitución es papel mojado, la democracia, otra cosa, los políticos, una casta que avergonzaría a los señores feudales del medioevo (al menos, aquellos tenían la creencia de que su posición conllevaba unas obligaciones hacia sus gobernados), y nuestra situación actual, una bastante similar a la de hace cuarenta años, camuflada bajo una mano de pintura que se está descascarillando y ya ni se molestan en remozar.


(Estoy cansado para hacer un repaso detallado. Si has vivido en una cueva estos ochenta días y no sabes de qué estoy hablando, puedes echar una ojeada a las anotaciones día a día de Jesús en Malasaña en pruebas, opiniones que suscribo y hechos de los que doy fe, pues allí estuvimos desde el primer momento.)


El paréntesis anterior, en cuanto al histórico. ¿Lo más reciente, ahora mientras escribo? Esto, o esto. En el centro de Madrid.


¿Mi estado de ánimo? Voy a citar a otro amigo: «A lo mejor se está acabando la hora de recibir como si fuéramos sacos. A lo mejor hay que empezar a pensar que toda esa mierda hippie de que “devolviendo los golpes se pierde la razón” beneficia sobre todo a los que están dando leña cómodamente a gente que no se defiende. A lo mejor el problema es que esta gente sólo entiende sus propios métodos. A lo mejor está llegando la hora de empezar a repartir».


Me pregunto qué va a pasar cuando nos juntemos un número suficiente pensando que para qué vamos a debatir si podemos resolverlo a hostias.


G


Prohibido a los perros y a los fumadores

enero 3, 2011


Estábamos avisados, es cierto. Como declaración (impuesta) de buenos propósitos para el año que comienza, todos vamos a dejar de fumar en casi todas partes. Desde el dos de enero, eso sí, que a ver quién era el guapo que imponía la ley el día uno. Es la conclusión de varios años de bandazos legalistas, políticas contradictorias cuando no directamente esquizofrénicas, un buen montón de hipocresías, y campañas de concienciación de lo más motivadoras.


Poco más o menos.


La medida ha sido recibida con gran alborozo por los antitabaco (iba a decir los no fumadores, pero entre estos queda gente razonable que intuye que algo no encaja). Por supuesto, aunque hay casos en los que tal actitud es comprensible, desde el asmático que se asfixia realmente si entra en un sitio con humo a la señora con serios problemas de migrañas, los cohetes más gordos se los he visto tirar a gente que en principio no sufre más que una incomodidad subjetiva, molestias cosméticas y casos extremos de fanatismo del converso. Un comportamiento «¡Ja! ¡Ahora os jodéis!» bastante incomprensible (¿jodernos de qué, disculpe usted?; creía que el tema era la salud, no el darle en los morros a nadie). Una actitud, en suma, de in defeat, malice; in victory, revenge que me ha sorprendido bastante en algunas personas y que por sí misma empieza a descalificar la bondad de la medida.


Pero da igual; ya podrán estar contentos. Activada la ley antitabaco más restrictiva de toda Europa, los fumadores tenemos vedado nuestro humeante acceso a más sitios que los perros. Guau.


Nadie se toma mal ese tipo de restricciones.


Lo que es innegable es que la nueva ley va a provocar un cambio de hábitos, y tengo curiosidad por ver cuánto tiempo tardan en verse los tiros que salen por la culata. Conozco a gente que se queja de que no puede quedar con los amigos en el bar o ir a una discoteca porque se les pega el olor a humo, y lo primero que ha dicho han sido cosas en la línea de «por fin podremos». Tengo noticias: cuando una legislación similar se implantó en el Reino Unido, el personal empezó a comprar de beber y a reunirse en casas de particulares donde poder fumar a gusto. «Mucho mejor —me dirán—, más sitio». Hasta que tu bar favorito cierre porque no le cuadran las cuentas (en el dicho Reino Unido, rondó la cosa el 10%; con la cultura social que tenemos aquí, a saber). De pubs y discotecas, mejor ni hablar; la inmensa mayoría de los cigarros que se encienden son para tener algo con que entretener las manos y no parecer un panoli, especialmente si intentas ligar. Lo normal es alternar cigarros con el vaso del cubata, así que preveo un ligero aumento de la ingesta alcohólica. Cuando alguien se queje por primera vez de que no se puede ir a las discotecas con tanto borracho que te vomita encima o monta el número, le recordaré amablemente que «tú lo quisiste, ajo y agua».


Vale; admito que en la última parte del párrafo anterior me pongo extremo (aunque tengo la manía de acertar). Pero en lo del cambio de hábitos, no. Y está claro que habrá cosas que no podrán seguir como hasta ahora, porque espero que nadie tenga el santo morro de decir que no puede ir a echar una partida al bar por culpa del humo, y luego se apunte a timbas en casas particulares donde haya quien fume. Espero que tengan la decencia de ser consecuentes. O por lo menos ser discretos, no quejarse y no recordar a los contertulios que antes se jugaba en bares.


Mascando chicle no es lo mismo.


Y por mucho que venga la ministra Pajín (esa chica que cada vez que abre la boca demuestra que no ha tenido que sudar el jornal ni cuadrar un fin de mes en su vida) diciendo que esto hay que verlo como una oportunidad y que seguro que los locales no pierden tanto, me temo que no tiene ni idea de lo que habla. Es más, tampoco debe de tener mucha idea de lo que significa la palabra compromiso. No estoy en desacuerdo con que se endureciera la legislación, pero de ahí a imponer la ley seca hay un trecho. Hubo propuestas razonables alternativas a la prohibición absoluta que contemplaban las objeciones que se planteaban (desde el gremio de hostelería salieron un montón, incluida la de crear zonas aisladas donde no tuvieran que entrar los camareros, cuyos pulmones se han usado como munición en esta guerra), pero para qué escucharlas. El ama de casa (perdón, la mujer trabajadora) que tiene cinco minutos para relajarse y echarse un pitillo mientras espera a que salgan los niños del colegio ya no puede fumar a nosecuantos metros de la puerta, aunque esta dé a una calle por la que pasan cincuenta autobuses apestando por el escape (sospecho que las problemáticas de este tipo también están fuera de la experiencia de Su Ministerialidad). Y podría hacer una lista enorme de casos en que la ley se pasa mucho de vueltas, pero para qué. El hecho de que en otros países de Europa con legislaciones duras hayan empezado a suavizar y dar marcha atrás en las restricciones más extremas tampoco cuenta; para ello sería necesaria la capacidad de observar e informarse antes de dictar consignas, y el concepto es un tanto alienígena para nuestros presuntamente bienintencionados gobernantes.


Seguro que no se estudiaron todas las opciones.


Pero, en fin, ya veremos. A mis compañeros del fumar les pido paciencia y educación; al paso que va la cosa, es cuestión de dar ejemplo de modales. Ya pasará la tontería y, entre tanto, para eso sabemos lo que son las leyes de la hospitalidad. ¡Nos vemos en nuestras casas!


G


P.S.: Lectura recomendada: “El último fumador”, de Yasutaka Tsutsui. Y que no me digan que exagero.


Y perdimos otra vez…

noviembre 16, 2009


5 de noviembre: La UE avala que se pueda cortar el acceso a Internet sin orden judicial previa


11 de noviembre: Ramoncín cierra el canal de la revista ‘El Jueves’ en YouTube


Se dice que la paranoia es un estado superior de percepción, pero no voy a desarrollar el tema de si podría existir una relación directa (¿maniobras de distracción intencionadas? Qué va, hombre; aquí no se hacen esas cosas), ni siquiera teniendo en cuenta el hecho de que para que la segunda noticia saltase el día 11, los actos que la generarían tendrían que haber sido puestos en práctica unos (pocos) días antes. Y ni siquiera teniendo en cuenta la oportunidad de la coincidencia, el hecho de que el implicado en la segunda noticia es un pavo al que ya le da lo mismo tres que trescientas (que caiga mal es llover sobre mojado), y que el punto polémico del texto propuesto en la UE, es decir, la facultad de cortar la conexión e Internet sin vistos buenos de jueces, tiene que ponérsela dura a los de la SGAE. Pero…


El hecho es que apenas he visto hablar de la primera noticia, y sí de la segunda, hasta el aburrimiento. He visto movimiento en los medios, seguimiento en los telediarios, réplicas de El Jueves, reculadas de Youtube y Ramoncín, creación de grupos en Facebook (y adhesión entusiasta) para poner a parir a un cretino y a la organización en la que medra (frente a sólo uno, 1, UNO, en español protestando por lo de la UE… ¡y estaba creado en Chile!). Y he visto las palmaditas complacientes en la espalda cuando El Jueves recuperó su canal, y el enunciar el hecho como algún tipo de victoria…


¿Victoria?


Como si se hubiera conseguido algo.


Seamos serios. Lo de El Jueves fue una puñeta, y de no haber conseguido recuperar su canal en Youtube se les habría causado alguna molestia relativa (aunque nunca creí que fuese a ser permanente, y la publicidad que estas cosas generan no les habrá venido mal). Pero aquí los ganadores, los auténticos ganadores, son otros.

«Los eurodiputados habían frenado hasta ahora la aprobación de la reforma de las telecomunicaciones al reclamar que la nueva normativa prohibiera expresamente el acceso a Internet sin orden judicial previa, algo que no aceptaban los Gobiernos de los 27. Pero en la fase final de las negociaciones, el Parlamento cedió en sus exigencias y aceptó que no se requiera autorización judicial previa para cortar el acceso a Internet


Por supuesto, el texto contempla “medidas de protección”, que sobre el papel quedan bonito pero de cuya utilidad práctica dudo. El hecho de que digan que el corte de Internet deba ejecutarse «respetando el principio de presunción de inocencia» suena a cachondeo cuando se refiere a la aplicación de una medida punitiva sin juicio previo. El hecho de que añadan que existe «el derecho a una revisión judicial eficaz y en el momento oportuno» es añadir recochineo; una revisión judicial a posteriori implica trámites, gastos y molestias, no precisamente aligeradas por el detalle de que si se carece de Internet se complica todo en el mundo actual. ¿Cómo le mandas un mail a tu abogado? ¿Cómo replicas —en Internet— a cualquier argumento de la otra parte? ¿Cómo buscas adhesiones y apoyos? ¿Cómo…?


Que el pez grande se come al chico no es nuevo. Pero lo de atar al pez chico para que no colee ya es abusar un poquitín, me parece…


Pero da igual; nos hemos entretenido un rato y echado unas risas a costa de Ramoncín, que es lo que cuenta.


¿No?


Decían en un comunicado de El Jueves al cerrarse el asunto, algo en plan “no se saldrán con la suya”:

«Censurar Internet es algo extremadamente complicado, sólo al alcance de ciertos gobiernos totalitarios.»


No. Ya no.


G


Estamos muy mal

abril 16, 2009


El otro día tuve que hacer una gestión de esas obligatorias, periódicas e inevitables que cualquiera que haya tenido que tratar con la administración pública ha aprendido a temer. A la molestia esperable —y que uno, más o menos, ya se mentaliza para soportar— se sumó el hecho de que a alguien se le ocurrió que sería una estupenda idea montar una cola previa para ir distribuyendo a la gente antes de que entrasen en el edificio. Quizá lo fuese y facilitase luego las cosas, no lo sé, pero lo cierto es que nadie tuvo en cuenta que ello implicaría un embudo en la entrada y una larga cola en el exterior, en un día en que hacía un tiempo de mil diablos, frío y lluvia.


Cuando por fin me llegó el turno de entrar, tras media hora a la intemperie, tenía ganas de aplastar cráneos.



(¿Qué tienen que ver los zombis con la anécdota narrada, se preguntará el astuto lector? Enseguida llegaremos a ello.)


Cada época y lugar crea sus arquetipos de terror favoritos, o quizá debería decir pertinentes, y es algo que va más allá de las simples modas. Vivir a dos pasos de las fieras del monte cuando lo único que se tiene para apartar un poco la oscuridad son antorchas y velas crea un clima propicio para imaginar lobisomes y vampiros. Añade un poco de tecnología y desconfianza a novedades que no se acaban de comprender muy bien, y sale un Frankenstein o un hombre invisible. Hay miedos más intemporales e independientes de una sociedad determinada —tómese cualquier variante del concepto fantasma—, y también muy específicos —pensad leyendas urbanas, que a mí me da pereza, o echad mano de los ultracuerpos—. Algunos se modifican con los cambios y tendencias del momento —vuelvo a mencionar a los vampiros, que ya no sabe uno a qué estereotipo atenerse—. Y, por supuesto, todos se reciclan.


Uno de los casos de reciclaje más distanciado del original es el de los zombis. Los que podríamos llamar “los originales”, surgidos del vudú, eran una cosa bastante tranquilita, e incluso inofensiva; a menos que alguien te los achuchase, claro. Lo más incordiante del asunto era el hecho de que el convertido en zombi pasaba a ser marioneta de la voluntad de otra persona. (Bien mirado, si has sido esclavo en una plantación toda la vida debe resultar bastante acojonante la idea de que ni después de muerto te dejen en paz. Volvemos a lo de que cada momento y circunstancia crea su ficción favorita.) Sea como sea, cambiaron los tiempos, apareció George A. Romero y, a partir de ahí, fiesta.


Pero ahí se quedaron. Durante mucho tiempo la moda del susto y tentetieso ha tenido otros protagonistas, desde los clásicos con más o menos reciclaje a los creados ad hoc —jasons, freddies y demás—. ¿Por qué se han puesto los zombis tan en primer plano ahora, y con tanto éxito? Películas a montones, videojuegos de masacrar zombis a capazos. Hay hasta una versión de Gran Hermano en la que se desata un apocalipsis zombi (quien no haya visto la miniserie Dead Set debería echarle un vistazo; se va a reír un rato). Novelas. Manuales de supervivencia con gran éxito de público y crítica.


Y es que les tenemos ganas.


A veces tengo la impresión de que la frase de Robert E. Howard más citada es aquella de que los civilizados son más descorteses que los bárbaros porque los primeros pueden permitirse el lujo de ser groseros sin que los aplasten la cabeza. Y con esto vuelvo a la anécdota del principio: todos los días nos comemos agresiones, arbitrariedades, descortesías, molestias, abusos y lo que se os ocurra. Compañeros de trabajo tocacojones. Jefes estúpidos. Vecinos impertinentes. Clientes irritantes. Ese hijoputa que aparca en doble fila o te adelanta por la derecha. Trolls y spammers. El servicio técnico que tan hartísimos nos tiene. Intolerantes y egoístas en general. Y además, hay demasiada gente. Venga, con cursivas de énfasis, aunque sean incorrectas: hay demasiada gente. Y cada uno de ellos es un agresor en potencia (y muchas veces, de facto), y la educación, el miedo a las consecuencias o la mera imposibilidad física nos impiden responder cómo nos lo pide el cuerpo (o sea, rompiendo cráneos).


Y, claro, llega un momento en que la respuesta biológica (huída o agresión) no da para más, y el estrés se nos come vivos. Sumad el hecho de que, además, la mayoría tiene un trabajo aburrido, o agobios para llegar a fin de mes, o una hipoteca, o no da abasto en general. Y así todos los días.


Pero, ah, un buen apocalipsis zombi… Nada mejor para romper la monotonía (y mucho mejor que una cosa en plan apocalipsis nuclear, que luego hay que andar preocupándose de contaminación radioactiva, mutaciones y todo eso). A la mierda las responsabilidades, los trabajos aburridos y los trámites estúpidos. Los recursos están bien en los almacenes y tiendas saqueables; es cuestión de organizarse. Todo ese montón de gente a la que no podemos aguantar o se la tenemos guardada (y cada cual tiene su lista, no me digáis que no) será probablemente un grupo de buenos candidatos a ser infectados, y de repente será necesario, imprescindible y —ojo al dato— no ilegal coger un mazo de picapedrero y hundírselo en el colodrillo con todas tus fuerzas (cuando la relación sea menos personal, bastará con un tiro desde más lejos). Yo, desde luego, cada vez que salgo de una reunión de la comunidad de vecinos tengo ganas de empezar una limpieza sistemática del edificio desde mi piso —vivo en el último—, planta por planta, hasta llegar al portal de la calle, atrancarlo bien y montarme la logística posterior con un grupo de supervivientes selecto: la peña de amigos con la que estoy bien; y la familia cercana, quizá. Al resto, que los den. (Soñar es gratis, ¿no?)


Existe un raro ente mitológico: el individuo que tiene un trabajo seguro y que le gusta, que está rodeado de gente amable que no le toca los cojones, que tiene techo propio y ningún problema para llegar a fin de mes, y que además come bien, no tiene estreses y folla cuando quiere. A ese extraño y poco habitual ser no suelen gustarle las películas de zombis; no les acaba de ver la gracia. De hecho, suelen resultarle tan entretenidas como mirar por encima del hombro a uno que esté jugando al Space Invaders. No les coge el punto, sencillamente. Pero la gente más normal, en general, está como una olla a presión. Así que bienvenida esta moda en la ficción. Por eso está agarrando tanto. Porque, como no cambie algo pronto, esto va a petar.



Como dice una frase que leí en alguna parte: «lo más duro de un apocalipsis zombi va a ser disimular que nos lo estaremos pasando de puta madre».


Y es que la cosa está muy mal…


G


P.S.: Por si queda alguien que aún no la haya visto y no la reconozca, la segunda foto es de Shaun of the Dead, película de Simon Pegg absolutamente recomendable.


El estado de las cosas

noviembre 24, 2008



¿Viciaos? ¿Nosotros? Qué va, hombre, qué va…


G


Guest Star: Federik Freak.

P.S.: El copirait de la tira y todo eso es de Rubén Fernández, quede claro.

P.P.S.: Si algún lector del blog juega a las Mafia Wars y no está ya en mi Familia, que me mande un privado sin falta.


:mrgreen: