Los clásicos siempre son actuales

enero 12, 2011


En serio: ¿soy el único que encuentra un paralelismo inquietante, así en general, entre situaciones? Leed y me diréis…


«Entramos, primero domingo después de Cuaresma, en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite encarecimiento. Él era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, los ojos avecindados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan hundidos y oscuros que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes; la nariz, de cuerpo de santo, comido el pico, entre Roma y Francia, porque se le había comido de unas búas de resfriado, que aun no fueron de vicio porque cuestan dinero; las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecía que amenazaba a comérselas; los dientes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate largo como de avestruz, con una nuez tan salida que parecía se iba a buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de medio abajo parecía tenedor o compás, con dos piernas largas y flacas. Su andar muy espacioso; si se descomponía algo, le sonaban los huesos como tablillas de San Lázaro. La habla hética, la barba grande, que nunca se la cortaba por no gastar, y él decía que era tanto el asco que le daba ver la mano del barbero por su cara, que antes se dejaría matar que tal permitiese. Cortábale los cabellos un muchacho de nosotros. Traía un bonete los días de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca parecía negra y desde lejos entre azul. Llevábala sin ceñidor; no traía cuello ni puños. Parecía, con esto y los cabellos largos y la sotana y el bonetón, teatino lanudo. Cada zapato podía ser tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él. Conjuraba los ratones de miedo que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado por no gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y protomiseria.


»A poder de éste, pues, vine, y en su poder estuve con don Diego, y la noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática corta, que aun por no gastar tiempo no duró más. Díjonos lo que habíamos de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora de comer. Fuimos allá; comían los amos primero y servíamos los criados.


»El refectorio era un aposento como medio celemín. Sentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:


»—¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo. ¿Qué tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se críen aquí?


»Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:


»—Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.


»Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:


»—Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.


»—¡Mal ingenio te acabe! —decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:


»—¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.


»Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:


»—Conforta realmente, y son cordiales.


»Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:


»—Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.


»¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:


»—Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.


»—¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado —decía yo—, que tal amenaza has hecho a mis tripas!


»Echó la bendición, y dijo:


»—Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.


»Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.


»Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:


»—Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para todos hay.


»Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:


»—Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.


»¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de él. Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban vahídos en aquella casa como en otras ahítos.


»Llegó la hora de cenar; pasóse la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición. “Es cosa saludable (decía) cenar poco, para tener el estómago desocupado”, y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.


»Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:


»—Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.


»Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificóme que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y decorámosla. Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera, abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino. Parecióle después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.»


Extracto de Historia de la vida del Buscón, llamado Don Pablos
de Francisco de Quevedo


Retrato del dómine Cabra.


G

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Que no me vengan con hostias

enero 8, 2011


Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico II, Eurico, Alarico II, Gesaleico, Amalarico, Teudis, Teudiselo, Agila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo, Recaredo I, Liuva II, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Chintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Egica, Witiza y Rodrigo.


Vale que hay cosas mejores que estudiar, pero si yo era capaz de aprenderme eso a los siete años, no hay excusa para no apretar un poco más las tuercas a los críos en el cole. Que no se van a traumatizar por hacerles usar el cerebro un poco, joder.


No es de extrañar que al final los chinos se nos vayan a comer con patatas…


Incierto se presenta el reinado de Witiza.


G


46

enero 4, 2011


23 en cada pata. Aún aguanto.


Si hay que salir a la calle, se sale.


Y aunque voy a repetirme, tanto me da que me da lo mismo.

PFJ


For he’s a jolly good fellow,
For he’s a jolly good fellow,
For he’s a jolly good fe-ellow,
And so say all of us!


G


Prohibido a los perros y a los fumadores

enero 3, 2011


Estábamos avisados, es cierto. Como declaración (impuesta) de buenos propósitos para el año que comienza, todos vamos a dejar de fumar en casi todas partes. Desde el dos de enero, eso sí, que a ver quién era el guapo que imponía la ley el día uno. Es la conclusión de varios años de bandazos legalistas, políticas contradictorias cuando no directamente esquizofrénicas, un buen montón de hipocresías, y campañas de concienciación de lo más motivadoras.


Poco más o menos.


La medida ha sido recibida con gran alborozo por los antitabaco (iba a decir los no fumadores, pero entre estos queda gente razonable que intuye que algo no encaja). Por supuesto, aunque hay casos en los que tal actitud es comprensible, desde el asmático que se asfixia realmente si entra en un sitio con humo a la señora con serios problemas de migrañas, los cohetes más gordos se los he visto tirar a gente que en principio no sufre más que una incomodidad subjetiva, molestias cosméticas y casos extremos de fanatismo del converso. Un comportamiento «¡Ja! ¡Ahora os jodéis!» bastante incomprensible (¿jodernos de qué, disculpe usted?; creía que el tema era la salud, no el darle en los morros a nadie). Una actitud, en suma, de in defeat, malice; in victory, revenge que me ha sorprendido bastante en algunas personas y que por sí misma empieza a descalificar la bondad de la medida.


Pero da igual; ya podrán estar contentos. Activada la ley antitabaco más restrictiva de toda Europa, los fumadores tenemos vedado nuestro humeante acceso a más sitios que los perros. Guau.


Nadie se toma mal ese tipo de restricciones.


Lo que es innegable es que la nueva ley va a provocar un cambio de hábitos, y tengo curiosidad por ver cuánto tiempo tardan en verse los tiros que salen por la culata. Conozco a gente que se queja de que no puede quedar con los amigos en el bar o ir a una discoteca porque se les pega el olor a humo, y lo primero que ha dicho han sido cosas en la línea de «por fin podremos». Tengo noticias: cuando una legislación similar se implantó en el Reino Unido, el personal empezó a comprar de beber y a reunirse en casas de particulares donde poder fumar a gusto. «Mucho mejor —me dirán—, más sitio». Hasta que tu bar favorito cierre porque no le cuadran las cuentas (en el dicho Reino Unido, rondó la cosa el 10%; con la cultura social que tenemos aquí, a saber). De pubs y discotecas, mejor ni hablar; la inmensa mayoría de los cigarros que se encienden son para tener algo con que entretener las manos y no parecer un panoli, especialmente si intentas ligar. Lo normal es alternar cigarros con el vaso del cubata, así que preveo un ligero aumento de la ingesta alcohólica. Cuando alguien se queje por primera vez de que no se puede ir a las discotecas con tanto borracho que te vomita encima o monta el número, le recordaré amablemente que «tú lo quisiste, ajo y agua».


Vale; admito que en la última parte del párrafo anterior me pongo extremo (aunque tengo la manía de acertar). Pero en lo del cambio de hábitos, no. Y está claro que habrá cosas que no podrán seguir como hasta ahora, porque espero que nadie tenga el santo morro de decir que no puede ir a echar una partida al bar por culpa del humo, y luego se apunte a timbas en casas particulares donde haya quien fume. Espero que tengan la decencia de ser consecuentes. O por lo menos ser discretos, no quejarse y no recordar a los contertulios que antes se jugaba en bares.


Mascando chicle no es lo mismo.


Y por mucho que venga la ministra Pajín (esa chica que cada vez que abre la boca demuestra que no ha tenido que sudar el jornal ni cuadrar un fin de mes en su vida) diciendo que esto hay que verlo como una oportunidad y que seguro que los locales no pierden tanto, me temo que no tiene ni idea de lo que habla. Es más, tampoco debe de tener mucha idea de lo que significa la palabra compromiso. No estoy en desacuerdo con que se endureciera la legislación, pero de ahí a imponer la ley seca hay un trecho. Hubo propuestas razonables alternativas a la prohibición absoluta que contemplaban las objeciones que se planteaban (desde el gremio de hostelería salieron un montón, incluida la de crear zonas aisladas donde no tuvieran que entrar los camareros, cuyos pulmones se han usado como munición en esta guerra), pero para qué escucharlas. El ama de casa (perdón, la mujer trabajadora) que tiene cinco minutos para relajarse y echarse un pitillo mientras espera a que salgan los niños del colegio ya no puede fumar a nosecuantos metros de la puerta, aunque esta dé a una calle por la que pasan cincuenta autobuses apestando por el escape (sospecho que las problemáticas de este tipo también están fuera de la experiencia de Su Ministerialidad). Y podría hacer una lista enorme de casos en que la ley se pasa mucho de vueltas, pero para qué. El hecho de que en otros países de Europa con legislaciones duras hayan empezado a suavizar y dar marcha atrás en las restricciones más extremas tampoco cuenta; para ello sería necesaria la capacidad de observar e informarse antes de dictar consignas, y el concepto es un tanto alienígena para nuestros presuntamente bienintencionados gobernantes.


Seguro que no se estudiaron todas las opciones.


Pero, en fin, ya veremos. A mis compañeros del fumar les pido paciencia y educación; al paso que va la cosa, es cuestión de dar ejemplo de modales. Ya pasará la tontería y, entre tanto, para eso sabemos lo que son las leyes de la hospitalidad. ¡Nos vemos en nuestras casas!


G


P.S.: Lectura recomendada: “El último fumador”, de Yasutaka Tsutsui. Y que no me digan que exagero.