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enero 4, 2010


Todo empezó con una manzana…


(No, hombre, no. ¿De verdad os creíais que iba a hablar de adanes y evas y demás? Todo el mundo sabe que cuando los vientos ardientes de Muspellheim y los fríos de Niflheim se encontraron en el vacío desolado del Ginnungagap, de la conjunción del Hielo y el Fuego surgió el gigante Ymir, de cuyo sobaco nacieron el primer hombre y la primera mujer. Eso del barro y la costilla y todo lo demás es una mitología sin el menor fundamento.)


Bueno, como decíamos… Una manzana…


(No; tampoco hablo de la que le cayó en la cabeza a sir Isaac Newton, hombre ilustrado —a pesar de ser un perro inglés— que, entre sus muchos talentos y capacidades se encontraba la de tener una perspicacia legen… —wait for it— …daria ya en el vientre de su madre, algo que demuestra el hecho de que, pudiendo nacer casi cualquier día de enero, eligiese precisamente el día 4, a modo de precursor homenaje al cumpleaños de este vuestro seguro —dentro de un orden— servidor.)


La manzana en cuestión era de uno de los manzanos de mi tío. Hermosota y verde brillante, que destacaba sobre todas las demás manzanas del árbol. En serio; casi las hacía quedar mal. Me puedo imaginar al resto de las manzanas mirándola así de reojo y preguntándose qué diablos había hecho esa enchufada para recibir un aporte de nutrientes extra y ponerse el doble de gorda que las demás, si estaba en la misma rama… Quizá un poco de sol extra. Quizá las lluvias de los días previos, que la Cornisa es lo que tiene. Vaya usté a saber. Pero aquella lozanía —seguro que hay una moraleja en todo esto— fue su perdición. A veces no es conveniente atraer tanto las miradas. En particular las de un mocoso de tres años y medio con algo de hambre y más ojos que dientes.


—No cojas esa, que no vas a poder comértela entera y es un desperdicio. —La voz de mi tía, prácticamente a quemarropa junto a mi cogote, me sobresaltó. Habría jurado que tres segundos antes estaba solo en el huerto.

—Que sí, que me la como —respondí, con la mano aún extendida.

—Que no. Coge otra más pequeña.

—Yo quiero esta.

—Tú verás. Pero si la coges, te la comes entera sí o sí.


Admito que, para mi mal, no acerté a advertir el tono con el que fueron pronunciadas aquellas palabras. De modo que, creyendo que el tema había quedado resuelto y sin dedicarle un pensamiento más, arranqué la manzana y le hinqué el diente.


Como cualquiera podría predecir, no había dado cuenta aún de un tercio de la fruta cuando descubrí que no podía más. Iba a soltarla y largarme cuando un «¿Dónde vas?» me congeló a mitad de movimiento. En aquella ocasión no hubo lugar a malentendidos por mi parte a la hora de interpretar tonos. Y aunque hubiera sido cortito en ese área, la mirada que lo acompañó no dejaba lugar a dudas. La Mirada. No se puede describir la Mirada, pero cualquiera que haya sido blanco de ella sabe de qué hablo, y de lo poco que apetece ser blanco a menudo. De hecho, el ideal al que se aspira es “nunca más”.


Os ahorraré la descripción detallada del rato que siguió. Digo «rato», aunque a mí me parecieron horas. Con mucho sufrimiento conseguí dejar las raspas mondas, y aquella noche tuve pesadillas con manzanas. Pero aprendí dos cosas.


A tenerle respeto a las manzanas.


Y que no conviene llevar la contraria a las mujeres del norte. Son sigilosas, sutiles y perturban el sueño.


El resto es historia.


En cualquier caso, instructivo y útil debió de ser, porque aquí hemos llegado, a los cuarenta y cinco, y parece que no va del todo mal. De modo que…

PFJ


For he’s a jolly good fellow,
For he’s a jolly good fellow,
For he’s a jolly good fe-ellow,
And so say all of us!


G :mrgreen: