La cruda realidad


—¿Qué haría la humanidad si la manejasen los buenos, que son los menos aptos? Para emprender las más grandes obras que acometió el hombre fue necesario que las impulsasen corazones duros que no se conmovían ante espectáculos tan dolorosos que le harían desmayarse a usted como a una señorita. Muchos famosos capitanes no fueron más que bandoleros. La inmensa mayoría de los negociantes, que, al enriquecerse, enriquecieron a su nación, eran geniales ladrones. Si se quisiese conocer a un posible triunfador sería preciso examinar su conciencia.
—Sí, hay que ser malo para vencer en la vida.
—Pero eso es lo más difícil.
—¿Por qué?
—Porque el mal es siempre activo, y la virtud, pasiva, estática. No quiero decir que la virtud no realice a veces grandes esfuerzos, pero sí que no le son precisos para existir. Le basta con no abandonar su actitud de reposo. ¿Qué hace falta para ser bueno? Observar el Decálogo. Pues bien: fíjese usted en que casi todos sus preceptos son negativos: no robarás, no matarás, no codiciarás la mujer de tu prójimo, no mentirás…, en fin, no harás nada. Si no haces nada, eres una excelente persona. En cambio, para el malvado todo es actividad, ímpetu, trabajo. Tiene que robar, que matar, que mentir; tiene que seducir a las mujeres del prójimo…; una labor abrumadora para la que se necesitan grandes alientos. Presumir de virtud es como presumir de páncreas.

Wenceslao Fernández Flórez, El malvado Carabel.

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