La cruda realidad

abril 30, 2009


—¿Qué haría la humanidad si la manejasen los buenos, que son los menos aptos? Para emprender las más grandes obras que acometió el hombre fue necesario que las impulsasen corazones duros que no se conmovían ante espectáculos tan dolorosos que le harían desmayarse a usted como a una señorita. Muchos famosos capitanes no fueron más que bandoleros. La inmensa mayoría de los negociantes, que, al enriquecerse, enriquecieron a su nación, eran geniales ladrones. Si se quisiese conocer a un posible triunfador sería preciso examinar su conciencia.
—Sí, hay que ser malo para vencer en la vida.
—Pero eso es lo más difícil.
—¿Por qué?
—Porque el mal es siempre activo, y la virtud, pasiva, estática. No quiero decir que la virtud no realice a veces grandes esfuerzos, pero sí que no le son precisos para existir. Le basta con no abandonar su actitud de reposo. ¿Qué hace falta para ser bueno? Observar el Decálogo. Pues bien: fíjese usted en que casi todos sus preceptos son negativos: no robarás, no matarás, no codiciarás la mujer de tu prójimo, no mentirás…, en fin, no harás nada. Si no haces nada, eres una excelente persona. En cambio, para el malvado todo es actividad, ímpetu, trabajo. Tiene que robar, que matar, que mentir; tiene que seducir a las mujeres del prójimo…; una labor abrumadora para la que se necesitan grandes alientos. Presumir de virtud es como presumir de páncreas.

Wenceslao Fernández Flórez, El malvado Carabel.

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Endodonciando, que es gerundio

abril 22, 2009


Nada, que hoy he ido al dentista…




(El menos el mío es una rubia simpática con buena mano. Se hace más llevadero.) 😀


G


Estamos muy mal

abril 16, 2009


El otro día tuve que hacer una gestión de esas obligatorias, periódicas e inevitables que cualquiera que haya tenido que tratar con la administración pública ha aprendido a temer. A la molestia esperable —y que uno, más o menos, ya se mentaliza para soportar— se sumó el hecho de que a alguien se le ocurrió que sería una estupenda idea montar una cola previa para ir distribuyendo a la gente antes de que entrasen en el edificio. Quizá lo fuese y facilitase luego las cosas, no lo sé, pero lo cierto es que nadie tuvo en cuenta que ello implicaría un embudo en la entrada y una larga cola en el exterior, en un día en que hacía un tiempo de mil diablos, frío y lluvia.


Cuando por fin me llegó el turno de entrar, tras media hora a la intemperie, tenía ganas de aplastar cráneos.



(¿Qué tienen que ver los zombis con la anécdota narrada, se preguntará el astuto lector? Enseguida llegaremos a ello.)


Cada época y lugar crea sus arquetipos de terror favoritos, o quizá debería decir pertinentes, y es algo que va más allá de las simples modas. Vivir a dos pasos de las fieras del monte cuando lo único que se tiene para apartar un poco la oscuridad son antorchas y velas crea un clima propicio para imaginar lobisomes y vampiros. Añade un poco de tecnología y desconfianza a novedades que no se acaban de comprender muy bien, y sale un Frankenstein o un hombre invisible. Hay miedos más intemporales e independientes de una sociedad determinada —tómese cualquier variante del concepto fantasma—, y también muy específicos —pensad leyendas urbanas, que a mí me da pereza, o echad mano de los ultracuerpos—. Algunos se modifican con los cambios y tendencias del momento —vuelvo a mencionar a los vampiros, que ya no sabe uno a qué estereotipo atenerse—. Y, por supuesto, todos se reciclan.


Uno de los casos de reciclaje más distanciado del original es el de los zombis. Los que podríamos llamar “los originales”, surgidos del vudú, eran una cosa bastante tranquilita, e incluso inofensiva; a menos que alguien te los achuchase, claro. Lo más incordiante del asunto era el hecho de que el convertido en zombi pasaba a ser marioneta de la voluntad de otra persona. (Bien mirado, si has sido esclavo en una plantación toda la vida debe resultar bastante acojonante la idea de que ni después de muerto te dejen en paz. Volvemos a lo de que cada momento y circunstancia crea su ficción favorita.) Sea como sea, cambiaron los tiempos, apareció George A. Romero y, a partir de ahí, fiesta.


Pero ahí se quedaron. Durante mucho tiempo la moda del susto y tentetieso ha tenido otros protagonistas, desde los clásicos con más o menos reciclaje a los creados ad hoc —jasons, freddies y demás—. ¿Por qué se han puesto los zombis tan en primer plano ahora, y con tanto éxito? Películas a montones, videojuegos de masacrar zombis a capazos. Hay hasta una versión de Gran Hermano en la que se desata un apocalipsis zombi (quien no haya visto la miniserie Dead Set debería echarle un vistazo; se va a reír un rato). Novelas. Manuales de supervivencia con gran éxito de público y crítica.


Y es que les tenemos ganas.


A veces tengo la impresión de que la frase de Robert E. Howard más citada es aquella de que los civilizados son más descorteses que los bárbaros porque los primeros pueden permitirse el lujo de ser groseros sin que los aplasten la cabeza. Y con esto vuelvo a la anécdota del principio: todos los días nos comemos agresiones, arbitrariedades, descortesías, molestias, abusos y lo que se os ocurra. Compañeros de trabajo tocacojones. Jefes estúpidos. Vecinos impertinentes. Clientes irritantes. Ese hijoputa que aparca en doble fila o te adelanta por la derecha. Trolls y spammers. El servicio técnico que tan hartísimos nos tiene. Intolerantes y egoístas en general. Y además, hay demasiada gente. Venga, con cursivas de énfasis, aunque sean incorrectas: hay demasiada gente. Y cada uno de ellos es un agresor en potencia (y muchas veces, de facto), y la educación, el miedo a las consecuencias o la mera imposibilidad física nos impiden responder cómo nos lo pide el cuerpo (o sea, rompiendo cráneos).


Y, claro, llega un momento en que la respuesta biológica (huída o agresión) no da para más, y el estrés se nos come vivos. Sumad el hecho de que, además, la mayoría tiene un trabajo aburrido, o agobios para llegar a fin de mes, o una hipoteca, o no da abasto en general. Y así todos los días.


Pero, ah, un buen apocalipsis zombi… Nada mejor para romper la monotonía (y mucho mejor que una cosa en plan apocalipsis nuclear, que luego hay que andar preocupándose de contaminación radioactiva, mutaciones y todo eso). A la mierda las responsabilidades, los trabajos aburridos y los trámites estúpidos. Los recursos están bien en los almacenes y tiendas saqueables; es cuestión de organizarse. Todo ese montón de gente a la que no podemos aguantar o se la tenemos guardada (y cada cual tiene su lista, no me digáis que no) será probablemente un grupo de buenos candidatos a ser infectados, y de repente será necesario, imprescindible y —ojo al dato— no ilegal coger un mazo de picapedrero y hundírselo en el colodrillo con todas tus fuerzas (cuando la relación sea menos personal, bastará con un tiro desde más lejos). Yo, desde luego, cada vez que salgo de una reunión de la comunidad de vecinos tengo ganas de empezar una limpieza sistemática del edificio desde mi piso —vivo en el último—, planta por planta, hasta llegar al portal de la calle, atrancarlo bien y montarme la logística posterior con un grupo de supervivientes selecto: la peña de amigos con la que estoy bien; y la familia cercana, quizá. Al resto, que los den. (Soñar es gratis, ¿no?)


Existe un raro ente mitológico: el individuo que tiene un trabajo seguro y que le gusta, que está rodeado de gente amable que no le toca los cojones, que tiene techo propio y ningún problema para llegar a fin de mes, y que además come bien, no tiene estreses y folla cuando quiere. A ese extraño y poco habitual ser no suelen gustarle las películas de zombis; no les acaba de ver la gracia. De hecho, suelen resultarle tan entretenidas como mirar por encima del hombro a uno que esté jugando al Space Invaders. No les coge el punto, sencillamente. Pero la gente más normal, en general, está como una olla a presión. Así que bienvenida esta moda en la ficción. Por eso está agarrando tanto. Porque, como no cambie algo pronto, esto va a petar.



Como dice una frase que leí en alguna parte: «lo más duro de un apocalipsis zombi va a ser disimular que nos lo estaremos pasando de puta madre».


Y es que la cosa está muy mal…


G


P.S.: Por si queda alguien que aún no la haya visto y no la reconozca, la segunda foto es de Shaun of the Dead, película de Simon Pegg absolutamente recomendable.